Cultura

Una historia diversa

Por 28 junio, 2018 octubre 20th, 2019 Sin comentarios

Por Cristina Hincapié Hurtado

El 28 de junio se conmemora el Día Internacional de la Diversidad Sexual, un día que desde 1969 invita a la sociedad civil, a actores sociales y políticos a vigilar y luchar por la erradicación de todas las formas de exclusión, discriminación, racismo y sexismo de la comunidad LGBTTTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Travestis, Transexuales, Transgénero, Intersexuales). En Mujeres Confiar conmemoramos esta fecha y nos unimos a la defensa de la libertad y la diversidad sexual con una historia de dos mujeres que, con amor, han luchado por hacer valer sus derechos en un país que todavía tiene mucho que aprender sobre el respeto y la igualdad.

Jennifer Lee Solin, nació en el Noreste de los Estados Unidos. Tiene un pregrado en Estudios Ambientales y un posgrado en Desarrollo Internacional y Cambio Social. Sus raíces familiares son de Suecia e Irlanda. Creció en los campos de Massachusetts y Vermont. En el año 2003 llegó a Medellín gracias a un amigo paisa con quien estudiaba su maestría. Su primer acercamiento a Colombia lo hizo a través de grupos de mujeres que trabajaban el tema del conflicto en sus comunidades, y a Jennifer la inspiró ver cómo estos colectivos podían «crear bellezas y tesoros a partir de situaciones tan difíciles». Los movimientos sociales y, especialmente, el espíritu de solidaridad de los colombianos, hicieron que se enamorara del país al que viajaba constantemente, hasta que un día, hace tres años, decidió quedarse.

Se define a sí misma como «un ser del mundo», es mamá y trabaja con una empresa internacional en el área de bienestar y salud por medio de agua revitalizada y de aceites esenciales de plantas. Vive con Salomé, su hija de cinco años, fruto del amor con Luz, su expareja, y de una lucha por la defensa de sus derechos.

Cuando habla del proceso que vivieron para traer a Salomé al mundo, en sus palabras se percibe el amor y el deseo con que lo hicieron. Dice que ella siempre sintió que quería ser mamá y que, al conocer a Luz, pensaron y hablaron mucho acerca de esta decisión, pues tenían algunas amigas lesbianas con hijos y sabían que, con procesos muy distintos, ellas  habían logrado hacer valer sus derechos.

Decidieron entonces tener a su hija bajo el método de inseminación. Jennifer sería la madre biológica y el donante sería colombiano. El proceso se realizó con el consentimiento y el deseo de todas las partes y en él se establecieron unos acuerdos legales. «El embarazo fue maravilloso», dice Jennifer, en esa época se encontraban en Estados Unidos, en una época en la que el matrimonio gay era legal en Massachusetts, así que cuando nació Salomé el certificado de nacimiento daba cuenta de que ella tenía dos mamás.

Sin embargo, cuando decidieron volver a Colombia, la experiencia fue completamente distinta. Para que Salomé tuviera el registro civil y la documentación legal, no faltaron los problemas. «En Estados Unidos fue todo muy fácil: el matrimonio, los certificados, las protecciones, el cumplimiento de los derechos. Al llegar a Colombia cuando Salo tenía dos años y decidimos que nos queríamos quedar aquí, llevamos todos los documentos legales y traducidos a una notaría en Bogotá donde las parejas binacionales van a registrar a sus hijos, pero la respuesta que obtuvimos fue la pregunta ¿y dónde está el papá?». «No hay papá», dijeron ellas, «hay dos mamás, así lo dice el certificado de nacimiento», pero la respuesta que les dieron era que no podían registrar a la niña, pues, según el funcionario que las atendió, en Colombia  «tenía que haber un papá» para registrar a un menor.

Evidentemente la reacción de Jennifer y Luz fue de sorpresa e indignación. ¿Cómo es posible que en este país no permitan que una niña tenga su registro civil, su seguro de vida, que vaya a la escuela, que tenga todos los derechos cuando ella tiene una mamá colombiana?, preguntaban, pero una vez más les dijeron que no era posible, que la única vía era poner una tutela.

Por fortuna ambas tenían unas amigas que conocían muy bien a Colombia Diversa, una organización no gubernamental que promueve «la plena inclusión, el respeto de la integralidad de los derechos, el reconocimiento y la movilización» de la comunidad LGBTI en el país. Gracias al acompañamiento y a la asesoría de esta organización, se dirigieron a una registraduría en Teusaquillo, una localidad de la ciudad de Bogotá donde el panorama cambió completamente. «Nos habían dicho que esta era una notaría gay friendly, que no era homofóbica, que entendía el tema y sobre todo que sabía que no era legal lo que nos había pasado porque vulneraba nuestros derechos y los de la niña», cuenta Jennifer. Allí el proceso se realizó sin ningún problema. «¡Era muy fácil! y no se necesitaba un papá para hacerlo», señala. En cuestión de horas les dieron el registro civil donde aparecen los nombres de ambas. Con un poco de gracia, Jennifer cuenta que en el apartado donde se solicitan los datos del padre aparece el nombre de Luz y que en el espacio para notas del documento se aclara que Salomé tiene dos mamás. «Ese fue un día inolvidable para mí, y salimos a celebrar con un helado», dice.

Pero ganando esta batalla no estaba todo resuelto. Después de tener al día la documentación de Salomé, y por la intención de quedarse a vivir en Colombia, Jennifer también debía realizar los trámites necesarios para tener su cédula de extranjería. Con la confianza en que era muy fácil porque tenía una hija colombiana fue a migración, «ese día era justo un día antes de que el Congreso votara sobre la adopción de parejas del mismo sexo», recuerda. Tenía todo organizado, toda la información al día, todos los documentos traducidos, pero quien la atendió le dijo que «en Colombia nunca habían tenido un caso así y que no podían darle su cédula», decisión con la que le negaban sus derechos y prácticamente la sacaban del país, pues su estadía, su seguridad y su posibilidad de conseguir empleo eran nulas. Para Jennifer este acto era algo irónico «porque en Colombia se resalta mucho el tema de querer y cuidar a la familia».

Sin lograr muchos avances en el tema volvieron a Medellín, y unas semanas después la llamaron de migración. «No entendían que dos mujeres se hubieran casado y que tuvieran una hija, que dónde estaba el papá, nos decían. Estaban perdidos», relata Jennifer.  Entre las dos tuvieron que explicar la situación y unos días después le avisaron que habían aprobado su cédula de extranjería.

Una familia es amor

Jennifer es consciente de que estas situaciones se viven en muchos lugares del mundo y que Colombia no es el único país que vulnera los derechos de las comunidades LGBTTTI. «Esto pasa en muchas partes, pero el matrimonio entre el Estado y la Iglesia en Colombia es muy fuerte. Lo moral le gana a lo legal», dice. Además, considera que el silencio es un gran enemigo de los procesos que luchan por la igualdad, incluso el silencio de aquellos que se vuelven cómplices, que se ríen o se quedan callados cuando las personas homosexuales son juzgadas o señaladas.

Otro problema, relacionado también con el silencio, es el ocultamiento. Jennifer ha sido testigo de cómo muchas personas en Colombia se ven sometidas a esconder sus elecciones sexuales, aunque también destaca que hay gente muy valiente que se arriesga a no esconderse, a pesar de que no haya mecanismos de protección de sus derechos.

Una herramienta que puede ayudar al cambio social de estas situaciones es la educación sexual, asegura, pues «es muy importante que la gente entienda más sobre la diversidad sexual en los seres humanos y que se pueda tener una educación sana, no influenciada por la religión sino por los hechos reales que muestran que somos distintos y que las familias también pueden ser diversas. Una familia es amor, no una mamá y un papá. Aprender eso puede cambiar muchas cosas».

Este proceso le ha enseñado a Jennifer y a su familia a no darse por vencidas cuando alguien les dice que no, a apoyar a las personas que, como ellas, se deben enfrentar a situaciones de discriminación y a quienes con su lucha social se esfuerzan día a día por hacer del mundo un lugar más equitativo para todas y todos. Estos aprendizajes serán también compartidos con Salomé, a quien Jennifer le quiere enseñar «que puede amar de la manera que quiera y a quien quiera, aceptando a los demás como son, sin juzgarlos».

Además, dice, quiere que su hija aprenda a defender cualquier tipo de exclusión, que sepa que darle una mano o un abrazo a alguien que se siente señalado o juzgado es parte de su aporte para «transformar las energías discordantes que hay en el mundo». Quiere enseñarle a perdonar, a entender que hay gente que no sabe cuánta violencia crea con la discriminación, y eso «solo puede enfrentarse con mucho amor».

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