Cultura

Maya Angelou: And Still I Rise (Aún así, me levanto)

Por 12 julio, 2018 octubre 20th, 2019 Sin comentarios

 


Fotografía www.mayaangelou.com

Por Cristina Hincapié Hurtado

Maya Angelou: And Still I Rise (Aún así, me levanto), es un documental, disponible en Netflix, que rinde homenaje a la poeta, escritora, cantante, actriz y defensora de los derechos civiles, Maya Angelou. A través de una serie de entrevistas realizadas a ella y a quienes estuvieron cerca, enlazadas con fotos y videos, nos cuentan la notable travesía de su vida.

«De las barracas de vergüenza de la historia
yo me levanto
desde el pasado enraizado en dolor
yo me levanto
soy un negro océano, amplio e inquieto,
manando
me extiendo, sobre la marea,
dejando atrás noches de temor, de terror,
me levanto,
a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindando los regalos legados por mis ancestros.
Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto».

Aún así, me levanto.
Maya Angelou

Ese sonido que se parece al palpitar de un corazón de los tambores africanos, una voz dulce, pausada y fuerte que nos recuerda que «podemos sufrir derrotas pero no podemos darnos por vencidos. Y que de hecho, quizá, sea necesario enfrentar la derrota para saber quiénes somos, qué podemos superar, qué nos hace tropezar, caer y levantarnos y seguir»…  Levantarse y seguir, como lo hizo tantas veces Marguerite Annie Johnson, más conocida como Maya Angelou.

Así comienza And Still I Rise (Aún así, me levanto), un documental que cuenta mil historias, todas las vividas por esta increíble mujer nacida en San Louis, Missouri un 4 de abril de 1928. Mil historias contadas por la propia Maya, la de su infancia, la de su poesía, la del canto, la de la actuación, la del cine y el teatro, pues todas estas manifestaciones artísticas pasaron por las manos y los sentidos de Angelou quien se desempeñó en diferentes ámbitos del arte,  llegando a escribir siete autobiografías, una nominación al premio Pulitzer, tres a los premios Grammy y más de medio centenar de títulos honoríficos que, a lo largo de la narración, nos afirman por qué esta mujer es un ícono de las mujeres negras en Norte América y en el mundo.

A pesar de las terribles dificultades y abusos que sufrió en su infancia, Maya supo hacer del dolor poesía y rescatar sus raíces negras para afianzarlas en el canto y el baile que siempre llevó en la sangre. Cuando era muy pequeña, a la edad de tres años, cuenta que fue enviada con su hermano pequeños, solos, en un tren, a la casa de su abuela paterna, pues sus padres, después de una discusión, habían concluído que ninguno de los dos quería asumir sus funciones como cuidadores. «Declaré a mi madre muerta para no tener que añorarla», escribirá luego Maya. Su abuela paterna le enseñó a leer. Era la época en la que el Ku Kux Klan recorría en caballos los poblados norteamericanos en busca de personas negras. Y estas situaciones hicieron que el miedo y el rechazo se le metieran en la piel a la niña Maya: «una de mis fantasías cuando tenía seis o siete años era que alguien de pronto dijera “abracadabra” y yo me volviera blanca, que no me miraran con tanto odio cuando iba por la parte blanca del pueblo», dice en una entrevista en la que habla de las cicatrices que deja en una niña tener que vivir en un mundo donde la diferencia es causal de violencia y muerte: «cuando buscaba el lápiz para escribir tenía que raspar estas cicatrices para afilarle la punta», señala.

El poder de la palabra

A la edad de seis años Maya y su hermano son llevados de regreso a San Louis, a la casa de su madre, un reencuentro que traerá a la vida de Maya un profundo sufrimiento pero que la pondrá en el camino de la literatura y la escritura. A los siete años el novio de su madre abusó sexualmente de ella. Maya, asustada por la amenaza que el abusador le había propinado, decide confersarle a su hermano lo sucedido y el nombre del abusador. El hombre es llevado a prisión pero dejado en libertad al día siguiente. Una vez libre, es encontrado muerto en la calle, al parecer, asesinado por la comunidad o por algún familiar de Maya. Ella, al enterarse, en medio de la lógica del pensamiento infantil, asume que «su voz había matado a un hombre», por lo que dejó de hablar durante cinco años. Su cuerpo se «volvió una oreja», dice, y escuchar todo lo que había a su alrededor una forma de protegerse. Su madre, sin saber qué hacer con la situación, decide enviarla de nuevo donde su abuela paterna, la misma que le había enseñado a leer y que le hacía trenzas a aquella niña silenciosa. En la casa de su abuela conoció a la señora Flowers, una mujer del vecindario que le leía poesía sin esperar que Maya contestara nada. La señora Flowers leyó día tras día para ella, lo hizo durante tres o cuatro años, hasta que un día cuestionó el gusto de Maya por la poesía, diciéndole que para que realmente le gustara, «debía sentirla en la lengua y en los dientes». Esa niña silenciosa que amaba cada letra y cada palabra que le leían, salió de la casa de la señora Flowers, y allí «probó la poesía».

Durante esos cinco años de silencio, Maya, además de escuchar, leyó incansablemente. Leyó todos los libros que los negros podían leer, memorizó las obras de Shakespeare y los poemas de Edgar Allan Poe, a Balzac y a Guy de Maupassant. «Cuando decidí hablar tenía mucho que decir», dice y sonríe, como afirmando su poema: aún así, me levanto.

A los 16 años Maya quedó embarazada. El cuidado de su hijo se alternaba con el trabajo. Bailaba en clubes nocturnos, donde empezó a cantar. Su particular ritmo africano hizo que la conocieran como Miss Calypso y posteriormente su estilo la llevaría a actuar en películas de la época y en teatros de la ciudad y el país.

También empezó a escribir. Y nunca dejó de honrar el poder de la palabra.

En los años 60 conoció a Martin Luther King, y su discurso de la no violencia y la libertad resonó en el corazón de Maya y marcó su lucha por la defensa de los derechos civiles. «Podemos cambiar el mundo sin violencia», ella siempre lo había creído y esas palabras la convencieron aún más. Eran épocas muy difíciles para las comunidades negras en el mundo, especialmente en Estados Unidos. Estaban muy enojados con lo que estaba pasando, pero esa rabia se convertía siempre en lucha, en arte, en resistencia. Y Maya no dejó de crear, de creer, y de levantarse una y otra y vez para defender la justicia. De eso da cuenta este documental.

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