ESPECIAL AURA LOPEZ

El día de la secretaria

Por 25 abril, 2017 octubre 20th, 2019 Sin comentarios

El locutor, muy temprano, recuerda que es un día especial e interroga a sus oyentes acerca de qué haría el doctor Muñoz sin Julieta, qué haría el doctor Arango sin Marta, qué haría el doctor González sin Lucila, y sigue la lista de doctores y crece la lista de secretarías sin las cuales esos doctores no podrían vivir. «Qué harían sin ellas, todas tan queridas», remata, zalamera, la voz del locutor. Es su cuota de trivialidad dentro de las celebraciones triviales del día ele la secretaria.

 

La prensa se une a la celebración con suplementos especiales en los cuales, al lado de los anuncios de cosméticos y de las recetas para adelgazar, se detallan las condiciones más destacadas de lo que debe ser la secretaria ideal: elegancia, distinción, discreción, buenos modales, capacidad de sacrificio, intuición, que son, ni más ni menos, parte del catálogo que debe observar la mujer en todas aquellas circunstancias en las cuales su labor, discretamente ejecutada, ha de conducir al reposo del guerrero. Todo apunta a un hecho fundamental y es que mientras al gerente o director le corresponde asumir las grandes decisiones, ejecutar los riesgosos actos trascendentales, cambiar el mundo desde su escritorio —tarea de hombres—, ha de tener a su lado un ángel guardián que acepte, de antemano, que su condición de secretaria le es asignada como estado permanente y natural, que no debe por lo tanto aspirar a puestos directivos, pues para eso están los hombres, y que sus conocimientos y sus capacidades, en el caso, muy común por cierto, de que sean iguales o superiores a los de su jefe, deben ser manejados con tal discreción, que no se noten, y que constituyan ese piso de seguridad que él necesita para asumir las grandes transformaciones, apoyado, precisamente, en las dotes que en ella constituyen toda la noción de feminidad, noción necesaria al mantenimiento del orden y del equilibrio, entendido el término equilibrio, como el reconocimiento tácito de que así como el hombre nació para dirigir, la mujer nació para ser subordinada.

 

Si todos aceptamos esa condición como dictado de la naturaleza, y sabemos extenderla a otros estadios de nuestra vida, estaremos contribuyendo a la marcha ordenada del mundo.
Un muchacho de 24 años, hábil mecanotaquígrafo, inteligente, trató de alterar, sin proponérselo, el equilibrio natural de las cosas ofreciéndose como secretario ante el gerente de una importante compañía. Gerente y secretarias, directores de departamento y hasta las que sirven los tintos (que es también un puesto para mujeres), todavía se están riendo de lo que para todos en la empresa constituye un gracioso chiste. Que un hombre haya tenido esa idea les hace suponer, o que se está burlando de ellos, o que debe padecer severas perturbaciones de orden psíquico que lo llevan a aspirar a un trabajo femenino.

 

Hasta ahora ha habido razones para pensar que el gremio de las secretarias es uno de los más impermeables a cuanto se relaciona con una toma de conciencia que haya posible el cuestionamiento de aquellos factores que convierten ese oficio en discriminatorio. Más parece que en la mayoría de los casos, las secretarias se acomodaron de tal modo a su situación de estancamiento y a la exigencia que implícitamente se les hace de ser otro adorno dentro del decorado de la oficina, que muchas han llegado a aceptar su papel como circunstancia natural, a amañarse con él, y hasta a justificarlo en nombre, precisamente, de su condición de mujeres. De ahí que resulte grato y reconfortante ver a este grupo de secretarias celebrando su día desde una perspectiva crítica, cuestionando no solo su papel de secretarias sino su papel de mujeres. Reunidas en el salón de la gerencia, asumida la palabra como eficaz arma de claridad, uno entiende, al oírlas, que se ha establecido un debate desde dentro, y que muchas se han hecho ya la primera pregunta que es la que abre el camino a toda toma de conciencia.

 

Cuestionadas las conductas masculinas, los hombres que asistieron a la reunión, jefes de aquellas secretarias, asumieron dicho cuestionamiento como partícipes directos de un problema que no es un simple asunto de mujeres sino la cuestión de orden general que afecta, por lo tanto, a toda la sociedad.

 

Arrastrados a la claridad por la claridad que hacen las mujeres, estos hombres entienden que ya no es posible ignorar su empeño por el rescate de la identidad. El problema no reside, pues, en el dilema de ser o no ser secretaria. Se trata de entender que al recargar este oficio con connotaciones exclusivas de tarea femenina, se le está utilizando como otro mecanismo de poder que reduce a la mujer a la inferioridad y la saca de las opciones de ascenso que toda actividad laboral implica, marcándola con el dudoso papel de ángel tutelar, cuando lo cierto es que ella está preparada para asumir aquellos cargos de ascenso, ocupados, ineludiblemente, por hombres recién llegados, o que ascienden en el organigrama como derecho natural, derecho que va implícito en su condición masculina.

 

Es emocionante ver a un grupo de secretarias convirtiendo en palabras sus íntimos interrogantes. Tan emocionante, que se borra, por un buen rato, la sensación desapacible de esa superficialidad que impregna la celebración de su día. Y se enciende la esperanza.

Artículo publica el 2 de mayo del año 1985.

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