Mujeres de Confiar

Débora Castañeda Correa: una mujer enérgica, entusiasta y aventurera

Por 7 julio, 2018 octubre 20th, 2019 Sin comentarios

Por Sandra Valoyes Villa

Ana Débora Castañeda Correa llegó a Confiar porque, como ella misma lo expresa, le «permitieron hacer cosas»: ha sido colaboradora, asociada, empleada y hoy, como delegada de la agencia de Bello en Antioquia, se ha propuesto dinamizar territorios, pues siempre la convoca la participación ciudadana.

Débora nació en Anorí, en la subregión nordeste del departamento de Antioquia; es nieta de una partera, hija de un arriero y de una mujer con «actitud firme y certera». Conoció a Confiar hace más de veinte años cuando su hija pequeña hacía parte del ahorro escolar, vivió la inauguración de la agencia La Alpujarra en Medellín, los primeros Bazares de la Confianza, y desde entonces no ha dejado de estar muy cerca de la cooperativa.

Conectada con acciones comunitarias y sociales, y al trabajo por los derechos de las mujeres, Débora ha sido cercana a las corporaciones Convivamos y Mujeres que Crean, donde estuvo vinculada en campañas para el empoderamiento de las mujeres. También ha participado en movilizaciones como las de la Ruta pacífica de las mujeres colombianas, promovidas para parar el conflicto en el país.

Su vida está impulsada por el tesón, heredado de su madre, y la aventura, de su padre. A los diecisiete años tuvo a su primera hija y contrajo matrimonio, situación que la apartó de la educación formal; sin embargo, a la edad de treinta años retornó a la escuela, se graduó como bachiller y antes de los cuarenta años se separó, emprendió un viaje a otro país y regresó a Colombia renovada, llena de experiencias y lecciones de vida.

Las aventuras de Débora

«A mí lo que más me gusta es conocer lugares y conocer su gente, lo que hacen y cómo viven», dice Débora abriendo sus ojos verdes que delatan la emoción que le brinda el recuerdo de haber estado en República Dominicana. Con esta frase resume su peripecia: «Me fui con una visa de sesenta días y estuve siete años».

Fueron tiempos en los que conoció República Dominicana y su vecino Haití; fue viajera y luego se convirtió en masajista en un Hotel cinco estrellas en Punta Cana, lo que le brindó una experiencia única que le permitió ver la realidad «como en una obra de teatro», sobre todo por estar tras bambalinas, con la oportunidad de ver desde dentro del escenario el paraíso que muchas personas eligen para hacer turismo.

Pero quizá la aventura más grande que emprendió fue la de separarse de su esposo. Ese proceso la marcó positivamente, pues «fue algo preparado, trabajado y a conciencia». Débora se casó joven pensando que la felicidad se parecía a estar con alguien que brindara compañía, amor y cuidado. Sin embargo, con el paso del tiempo, aparecieron el maltrato y los celos enfermizos de su pareja.

El haber pasado por espacios de mujeres le permitió comprender que la violencia de pareja no era normal, y le aportó la fuerza para buscar salidas. Adicional a lo emocional y al señalamiento social que le obstaculizaba dar el paso para cambiar su entorno, ella era consciente de que la situación económica era la más difícil de afrontar con un divorcio, debido a que había dedicado gran parte de su vida al cuidado del esposo y de sus hijas. Por ello el primer paso que dio, fue terminar sus estudios de bachillerato:

«Me demoré una semana para decidirme a entrar al centro de educación nocturno para adultos, me ilusionaba terminando mi bachillerato, miraba los horarios, eran de seis a nueve de la noche. Un día averigüé, me matriculé, cogí un cuadernito que tenía, me fui caminando para la clase y cuando iba pasando un puente que tenía que cruzar para llegar al centro pensé en retroceder, pero me dije: No te vas a ir, al contrario, ahora es cuando te tienes que empezar a fortalecer».

Débora avanzó con sus estudios, aprendió, se consolidó como una estudiante comprometida, con un gran sentido del compañerismo y como siempre, buena «haciendo cosas», pues también participaba activamente en la organización de eventos o celebraciones como el día de amor y amistad, los cumpleaños, los paseos y otras actividades solidarias. A ella se le metió en la cabeza separarse antes de los cuarenta años porque sentía que a los treinta años realmente empezaba a vivir:

«Fue cuando empecé a sentirme importante como persona, como mujer, porque tomé decisiones, porque antes era una ama de casa sometida en función de que las niñas estuvieran bien y no había tiempo para mí. Y en los treinta como que me descubrí y empecé a pensar que antes de los cuarenta me tenía que separar porque después ya no iba a ser capaz; entonces me llené de motivos y el bachillerato fue para salir más fortalecida, ya que mi miedo para separarme era tener que devolverme por temas económicos».

Débora recuerda que antes de ser empleada en Confiar la contrataron para convocar telefónicamente a la asamblea de delegados, recibió la información y empezó a llamar una a una a las personas que se encontraban en la lista de invitadas. Este momento lo recuerda especialmente porque, como comenta, «con el dinero de ese trabajo hice lo de la separación, me pagaron como $150.000 mil pesos y con eso cogí mis chécheres y mis muchachas y me fui». Así, a los treinta y siete años de edad, terminó con la relación que había durado casi quince años, y empezó otra vida, una de autonomía y tranquilidad.

Definitivamente Débora se fortaleció, hizo una técnica en Recreación Comunitaria y se diplomó en Género y Equidad. En 2009 fue seleccionada para participar en la tercera versión del concurso Voces y Silencios, realizado por la Corporación Educativa Combos y la Escuela Nacional Sindical, donde le publicaron un escrito sobre la historia de su abuela Petronila Correa, quien a los dieciséis años perdió la audición y parte de la visión, pero eso no le impidió trabajar en el campo, la minería y ser una partera reconocida por ayudar los partos más difíciles del pueblo de Anorí. Al año siguiente volvió a ser elegida en la cuarta versión del concurso, en esta ocasión por la narración Luna Rosa agoniza.

Yo llegué a Confiar porque me permitieron hacer cosas

Cuando Adriana, su primera hija, estudiaba en el Liceo San Pablo, hacía parte del programa de ahorro escolar que Confiar promovía. Desde ese entonces, Débora, recuerda apoyar procesos de Confiar, como actividades recreativas, turísticas y culturales para acompañar a las y los jóvenes, ella lo trae a la memoria como un tiempo bonito donde «empezamos a hacer mil cosas que nos animaron a querer estar en Confiar».

Cuando Débora prestó el servicio de convocatoria de la asamblea de delegados, dice que «no sabía ni qué era eso de los delegados», y tampoco alcanzaba a pasar por su cabeza que un día como hoy sería parte de este escenario. Luego, estuvo cuatro años como empleada de medio tiempo en Confiar, renunció para vivir en República Dominicana y a su regreso, se reconectó como asociada y colaboradora en las acciones de Confiar.

Débora lleva dos periodos como delegada en Confiar, primero en la agencia 1° de Mayo de Medellín, y en la actualidad representa a la agencia de Bello. Se postuló porque siempre la ha animado la participación política y ciudadana, y dice: «muchos conocen a Confiar por el crédito, yo llegué a Confiar porque me permitieron hacer cosas», para ella la cooperativa es «un árbol muy frondoso que da cobijo a quien se mete a su sombra».

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